El Mal Lector vive solo desde hace unos meses.
Curiosamente
el Mal Lector es una persona que jamás, en casi 40 años que tiene, ha vivido en
soledad más allá de alguna breve estancia en el extranjero. De hecho ni
siquiera tuvo dormitorio para él solo cuando vivía aún en casa de sus padres.
A la hora de mudarse, el Mal Lector puso mucho cuidado en
que las cajas de libros no sufrieran daños. No tiene una gran colección, pero
sí tiene un gran cariño a la modesta biblioteca que ha ido reuniendo con los años
y que hace tiempo se ha estancado. Aún así, es posible que sea una colección
algo mayor que la media, si hemos de hacer caso a los trabajadores de la
empresa que hizo la mudanza, que después de guardar ya algunas de las cajas,
cada vez que cargaban una nueva, expresaban en una mezcla de sorna y hastío,
mientras se la pasaban de uno a otro: “¡más cultura!”.
El comienzo de la experiencia fue muy estimulante. El Mal Lector
se frotaba las manos pensando en que el silencio, la soledad, la tranquilidad,
serían tres grandes aliados para leer más. Tanto tiempo quejándose de que en su
antigua vivienda era difícil encontrar un paréntesis sin ruido para
concentrarse en la página, las perspectivas no podían ser mejores.
Pero el Mal Lector no defrauda nunca, y en estos casi dos
meses apenas ha leído algunas páginas sueltas. La mudanza ha dejado los libros
desordenados en los estantes, cuando no todavía en las cajas, a la espera de encontrar
su lugar en alguna balda, y el Mal Lector se agobia de verlos unos a lado de
otros con los que jamás debieran estar.
Además, aunque solo a veces, la soledad es un rumor tan
insistente y terco que se le hace difícil no oírla, siguiéndolo como una sombra
sonora, transparente y susurrante. Casi nunca hostil, solo ligeramente desasosegante.
En otras ocasiones, sin embargo, esa soledad, el silencio y cierta melancolía o
tristeza acuden, todos a la vez, como amables espectros a hacer compañía, y casi
se siente arropado y con ganas de servirles algo de beber.