DE VITA BEATA
En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
(Jaime Gil de Biedma)
A veces, el mal lector cierra perezosamente, un dedo dentro
para no perder la página, el libro que está mal leyendo y se deja llevar por el
hilo de sus pensamientos hasta un futuro imperfecto en el que, ya jubilado,
tendrá todo el tiempo del mundo para leer (se engaña pensando que entonces
leerá, que lo que le falta ahora es tiempo y no disciplina).
Y él, que es de ciudad de interior, de días fríos como filo
de navaja en invierno y días de verano que calientan la piel más que la fiebre,
recuerda el poema que antecede estos párrafos y se imagina en una localidad de
playa, con un clima más o menos amable casi todo el año. Una casa encalada en
las afueras, aunque no lejos de un núcleo urbano pequeño. En la que engañar al
sol bajo una sombra preferida en los días en que azote. En la que encender un
fuego en invierno, aunque no haga frío, por el simple placer de tener
un fuego encendido. Un pueblo de mar, en el que pescar por las tardes (siempre quiso saber pescar), y volver a casa sin capturas porque, siempre abstraído en la línea que lee, llega tarde al vibrar de la caña que indica que algún pez ha picado. En el que dar largos paseos por la playa, descalzo y andando lentamente por la arena. Parándose acaso a oír las
olas lamer, ya desfondadas, la orilla; a escuchar el crujir suave de la espuma, que
apenas antes amenazaba con su blancura desafiante y ahora entrega un último suspiro, ya casi transparente, y desaparece.
E ir a todos lados con un libro que se imagina ajado, las cubiertas arrugadas, amarillas las páginas (ese estado feliz al que todo volumen debería aspirar). Y
sentarse donde le pida el cuerpo, al calor amigo de ese sol que brilla a diario
en sus fantasías, abrir el libro al azar y leer, leer siempre, no entender nada nunca de lo leído, no sufrir, no
escribir, no pagar cuentas y vivir como un jubilado pensionista entre una
inteligencia que nunca fue mucho más que ruinas.