domingo, 23 de agosto de 2015

El Mal Lector vive solo

El Mal Lector vive solo desde hace unos meses. 

Curiosamente el Mal Lector es una persona que jamás, en casi 40 años que tiene, ha vivido en soledad más allá de alguna breve estancia en el extranjero. De hecho ni siquiera tuvo dormitorio para él solo cuando vivía aún en casa de sus padres.

A la hora de mudarse, el Mal Lector puso mucho cuidado en que las cajas de libros no sufrieran daños. No tiene una gran colección, pero sí tiene un gran cariño a la modesta biblioteca que ha ido reuniendo con los años y que hace tiempo se ha estancado. Aún así, es posible que sea una colección algo mayor que la media, si hemos de hacer caso a los trabajadores de la empresa que hizo la mudanza, que después de guardar ya algunas de las cajas, cada vez que cargaban una nueva, expresaban en una mezcla de sorna y hastío, mientras se la pasaban de uno a otro: “¡más cultura!”.

El comienzo de la experiencia fue muy estimulante. El Mal Lector se frotaba las manos pensando en que el silencio, la soledad, la tranquilidad, serían tres grandes aliados para leer más. Tanto tiempo quejándose de que en su antigua vivienda era difícil encontrar un paréntesis sin ruido para concentrarse en la página, las perspectivas no podían ser mejores.

Pero el Mal Lector no defrauda nunca, y en estos casi dos meses apenas ha leído algunas páginas sueltas. La mudanza ha dejado los libros desordenados en los estantes, cuando no todavía en las cajas, a la espera de encontrar su lugar en alguna balda, y el Mal Lector se agobia de verlos unos a lado de otros con los que jamás debieran estar.

Además, aunque solo a veces, la soledad es un rumor tan insistente y terco que se le hace difícil no oírla, siguiéndolo como una sombra sonora, transparente y susurrante. Casi nunca hostil, solo ligeramente desasosegante. En otras ocasiones, sin embargo, esa soledad, el silencio y cierta melancolía o tristeza acuden, todos a la vez, como amables espectros a hacer compañía, y casi se siente arropado y con ganas de servirles algo de beber.

Y sin embargo en la cama, ese manoseado símbolo de la soledad cuando no se comparte, es casi donde más acompañado se siente a pesar de ser el único que duerme en ella. Quizá sea, sospecha, porque colocó en su dormitorio varias estanterías en las que tiene sus libros favoritos. Esos que le dan siempre los buenos días los primeros. Algunos ya leídos, e incluso releídos, que tienen ya voz de viejos amigos. Otros cuyo interior desconoce y que esperan, pacientes y comprensivos, a que alguna vez deje de perder el tiempo y los abra con reverencial cuidado para sumergirse en ellos.

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